miércoles, 13 de junio de 2012

La rama más alta, Rosa Alice Branco




La rama más alta

Agarro el día por los cabellos. Los tuyos vuelan como las olas
La ropa mojada. Playa de otoño. Recuerdo
Que no tengo otro lugar. La textura de la arena
En mis pies y los pájaros que se posan en la rama
Más alta para el más alto vuelo. ¿Qué otro lugar?
Tal vez un desierto, una palmera al sur.
Una lluvia de dátiles. Dejar el hueso en la boca
de ola en ola. ¿Quién recibe mi voz?
Me desnudo como si esperases que diga todo.
El silencio trabaja mi piel. La ciudad de noche.
Vista de otro lado. Caminamos en la respiración
De otro. Nada sabemos. La ignorancia
Como una flor del desierto. ¿Sabes que llegaste?
No dejes en la puerta 
la boca, tu sonrisa.
Ayúdame a ser tu sed.


© Índigo, (nuria p.serrano) de las imágenes y de esta versión en castellano de un  poema de Rosa Alice Branco.


martes, 12 de junio de 2012

Prévert en Cambridge



Los recuerdos de mi paso por Cambridge son escasos y nebulosos. Tenía entonces 23 años. Trabajaba y vivía en Inglaterra y pasaba un fin de semana fuera de mi lugar de residencia habitual. Llegamos a Cambridge en una caravana de dos amigos: Rosemary y Clive. En total, éramos cinco personas y tres nacionalidades: dos jóvenes españolas, una joven francesa, y Rosemary y Clive, dos ingleses de mediana edad. Solo vagamente me viene a la memoria el rostro de la francesa que residía con mi amiga española en casa de Rosemary y Clive. Se me agolpan los recuerdos de ese año en Inglaterra, de una nevada inmensa, de la lluvia, de las risas, pero son escasos los de mis dos días en Cambrige. Y aun así intensos: alguna calle perdida, alguna piedra y el tenue olor de una enorme librería. Allí nos llevaron Rosemary y Clive. Y allí, de entre los estantes de los poetas franceses, la joven francesa me recomendó un libro en francés que desde entonces me acompaña: Paroles, de Jacques Prévert. Algún día espero volver a Cambridge y pasear por la ciudad para agradecerle todas las hermosas tardes de lectura que, sin saberlo ella, me regaló y que me haría descubrir el poema: Acuérdate, Bárbara.



Acuérdate, Bárbara
Ese día llovía sin cesar en Brest
Y tú caminabas sonriente
Colmada feliz calada
Bajo la lluvia
Acuérdate Bárbara
Llovía sin cesar en Brest
Y yo me crucé contigo en la calle Siam
Tú sonreías
Y yo también sonreía
Acuérdate, Bárbara
Yo no te conocía
Tú no me conocías
Acuérdate
Acuérdate, mujer, de ese día
No lo olvides
Un hombre se guarecía bajo un porche
Y gritó tu nombre
Bárbara
Y tú corriste hacia él bajo la lluvia
Calada feliz colmada
Y te echaste en sus brazos
Acuérdate de eso Bárbara
Y no te enfades si te tuteo
Tuteo a todos los que amo
incluso si solo los he visto una vez
Tuteo a todos los que se aman
Incluso si no los conozco de nada
Acuérdate, Bárbara
No lo olvides
Esa lluvia sabia y plácida
Sobre tu rostro alegre
Sobre esa ciudad alegre
Esa lluvia sobre el mar
Sobre el arsenal
Sobre el barco de Ouessant
Ay Bárbara
Qué estupidez la guerra
¿Qué habrá sido de ti?
Bajo esa lluvia de hierro
De fuego de acero de sangre
Y aquel que te estrechaba en sus brazos amorosamente
¿está muerto desaparecido o tal vez aún vivo?
Ay Bárbara
Llueve sin cesar en Brest
Como llovía antes
Pero ya no es lo mismo y todo está perdido
Es una lluvia de duelo terrible y desoladora
Ni siquiera es ya tempestad
De hierro de acero de sangre
Tan solo son nubes
Que se ahogan como perros
Perros que desaparecen
Lánguidamente de Brest
Y van a pudrirse a lo lejos
Lejos muy lejos de Brest
Donde ya no queda nada.


Fotografías y traducción: nuria p. serrano, Índigo Horizonte 2012.  Poema original de Jacques Prévert, "Paroles", Gallimard, 1946. Primera edición de esta entrada: Índigo Horizonte 2012, reediciónÍndigo Horizonte 2016.




martes, 5 de junio de 2012

Procuro hallar la senda de un hombre que reposa en ti, Daniel Faria



Procuro hallar la senda de un hombre que reposa en ti
Como se desvía un hombre de su corazón para seguir viaje
Como deja todo y acrecienta su herencia

Procuro descubrir los símbolos, los hitos kilométricos
Diurnos, como se leen
Señales de humo y el vuelo de las palomas – y todas las cosas
Que nos llegan desde la distancia

Procuro saber cómo mantener los pies dentro de tus
Veredas
Como se descalza un hombre que necesita
Atravesar sus propias orillas
Y deseo oír de nuevo estallar tu palabra llena
De estrellas

Para recortarlas y posarlas en el silencio
Vivas
En mi boca y en mis manos
En llamas


© Índigo (nuria p.serrano), de  las imágenes y de esta versión en castellano de un poema de Daniel Faria.





domingo, 3 de junio de 2012

Cómo se hace el poema, Nuno Júdice




Cómo se hace el poema, Nuno Júdice
Para hablar del mejor modo de hacer un poema,
la retórica no sirve. Se trata de algo simple, que no
precisa de retóricas ni fórmulas. Se toma
una flor, por ejemplo, pero que no sea de esas flores que crecen
en medio del campo, ni de las que se venden en tiendas
ni mercados. Es una flor de sílabas, en que los
pétalos son las vocales y el tallo una consonante. Se pone

en el jarro de la estrofa y se deja estar. Para que no muera,
basta el pedazo de primavera en el agua que va a
buscar la imaginación en un día de lluvia,
o el que entra por la ventana cuando el aire fresco
de la mañana llena el cuarto de azul. Entonces,
la flor se confunde con el poema, pero todavía no es el poema.

Para que nazca, la flor precisa encontrar colores más naturales
de los que la naturaleza le dio. Pueden ser los colores de tu
rostro –su blancura, cuando el sol se vierte en ti
,
o el fondo de tus ojos en que todos los colores de la vida
se confunden con el brillo de la vida. Después
dejo esos colores sobre la corola, y los veo descender
hacia las hojas como la savia que corre por los
velos invisibles del alma. Puedo, entonces, tomar la flor,
y lo que tengo en la mano es este poema que me diste.


Traducción: Índigo.


Índigo, (nuria p.serrano) de las imágenes y de esta versión de un poema de Núno Judice.